
George vaciló durante unos breves instantes antes de
abrir la puerta.
-¿Josema?-preguntó, ya una vez en el interior de aquella
destartalada casa.
Un repiqueteante ruido le hizo sobresaltarse.Rápidamente
se giró hacia atras, pero nada había allí.
El ruido provenía de arriba, por lo que subió las carcomidas
escaleras de madera procurando que no crujieran demasiado
a su paso.
-Cuidao...en los fregaos en los que me toca meterme...-iba farfullando
mientras ascendía.
Una vez en el piso superior, abrió con sigilo una de las puertas que se
encontraban más próximas a él.
-¿Josema?-volvió a repetir-Escucha, si estás por...-comenzó a decir,
cuando de repente una bola peluda se lanzó a su yugulá, entre
irritantes chillidos.
Profirió entre dientes un rápido hechizo protector, por el cual aquel
bichejo melenudo salió despedido hacia atrás y cayó al suelo, del que
no se volvió a levantar.
George, volviéndose a colocar el fular, se dirigió al lugar
en donde yacía aquella cosa.
Y sus pequeños ojos de nigromante se abrieron al máximo cuando
lo reconoció.
-¡Jairete Pollo Perdíz!¡Dioses!-gritó emocionado.
Y aquella marmota zarrapastrosa tan sólo fue capaz de chillar:
-¡Maldito brujo!¡Notas!¡Qué eres un notas!Cago en diez...
George sonrió como no lo había hecho en mucho tiempo.
-Me alegro de verte, amigo-reconoció-aunque estás un pelín
cambiado.
Jairete lo traspasó con la mirada.
-Eres...¡lo peor!.¡Cambiado dice!¡Por tu culpa estoy así!-vociferó.
George frunció el ceño, sorprendido.
-¿Por mi culpa?¿Se puede saber que he hecho?
-¿Recuerdas aquellos tiempos en los que nos íbamos a fumar hierba
alta al cerro de Gamarra?-preguntó, mientras el brujo hacía memoria-
Pues bien.En una de esas, pillaste un colocón de los que hacen época
y juraste y perjuraste que cómo algo le pasara a tu gran amigo Josema,
yo me convertiría en una marmota peluda y apestosa...-terminó de
explicar con un deje de amargura en la voz.
George intentaba asimilar toda esa información.
-Eso quiere decir...¿Dónde está Josema?-preguntó algo angustiado.
-Son tiempos nefastos los que corren...Mordor ya no es un lugar
seguro. Josema no quiso escucharme cuando se lo advertí, y salió
a buscar hierba en Monte Vives...-contó a su amigo-Eso fue hace
más de un mes y aún estoy esperando su regreso...
George se maldijo una y otra vez.Debía de haber acudido antes allí.
Igual no era demasiado tarde...pensó.
-Saldremos a buscarle...-decidió.
-No, amigo.Yo iré a buscarle. Tu ya no eres bien recibido en estas
tierras...-sentenció, mientras se apartaba de él lentamente.
-Pero Jairete...recuerda aquellos años...-comenzó a decir.
-¡Basta! ¡Aquellos chavales ya no existen!-le espetó, con lágrimas
en sus redondos ojos-Cada uno hemos elegido el bando en el que
queremos luchar.Y nada...¡óyeme! Nada se cruzará en nuestro camino-
exclamó en un tono amenazador.
George quiso explicarle los motivos por los cuales había obrado de
aquella manera.Quiso disculparse, abrazarlo, y arreglar todo el mal
que había hecho.Pero ya era demasiado tarde para dar cuentas a nadie.
Demasiado tarde para cambiar.
Mientras se daba la vuelta, con la intención de marcharse, comenzó a
llorar en silencio.Y volvió a maldecirse.
De repente sintió un tremendo dolor en la cabeza, y antes de
desplomarse, pensó en la sonrisa de Josema, mientras su mundo
se oscurecía poco a poco.
-Lo siento, amigo...-murmuró Jairete, mientras se largaba de aquella
polvorienta habitación, echando un fugaz vistazo al cuerpo de su amigo,
que yacía en el suelo.
-¿Cómo que no sabes donde estamos?-estalló Jersi, por cuarta vez
en aquella oscura tarde.
-Es que si no me oriendo desde mi granja de jirafas...-se disculpó
el Huertín.
-¡Yo te mato!-lo amenazó ella.
-¡Pero bueno!¿Se puede saber que te pasa?-pregunté.
Jersi se tranquilizó un poco.
-Lo siento.Es que me duelen los pies y estoy algo irritante.
-Todos estamos igual...-le recordé.
-Bueno...no todos...-pareció advertir ella.
Boniato se encontraba danzando de un lado para otro,dando palmas
la mar de contento y cantando a voces I Feel Fine.
-¿A qué vienen esas caras largas?-nos sonrió.
Jersi se dio por vencida.
-Resignémonos.Jamás llegaremos a nuestro destino...
-Hemos fallado...-murmuré, pesarosa.
-Pero,¿por qué no me habíais dicho que no sabíais hacia donde
nos dirigíamos?. Podría haber abierto un portal hace horas...-
pensó Boniato.
CRI.CRI.CRI...
¿¡Cómo!?-preguntamos los tres, al unísono.
-Yo me creía que andábais por gusto.Y como hacía tanto
tiempo que no estiraba las patas, no me quejé...-se disculpó
él, enrojeciendo levemente.
-Cago en...
-Tanto tiempo malgastado...
-Ains...¡qué hombre!...
Boniato se puso al frente de la compañía con una sonrisa de par en par.
-¡Decidme el lugar pues!-propuso, juguetón.
-¡El castillo del Rey Esaurón!-gritamos con todas nuestras fuerzas.
Jersi pareció dudar un momento.
-Nos vamos a saltar media película así por la patilla...-se dijo.
Pero no compartió esta preocupación sin importancia con el resto de
sus amigos y entró en el portal, pensando que más tarde le mandaría un
sms a San Negro.
-¿Pillas conexión?-preguntó Sergio desde la parte de atrás de la montura.
Gásquez negó cabizbajo con el portátil en la mano, mientras espoleaba
a Emiliana, su yegua zarina.
-Va a anochecer dentro de un rato-percibió éste-Será mejor que encontremos
un lugar para pasar la noche.
Sergio asintió.
-¿Qué te parece esa casa de allí?-dijo, señalando con un dedo una vieja casa
semidestruida.
A Gásquez no le dio muy buena espina aquella destartalada vivienda, pero
acabó aceptando a falta de más opciones.
El porche de la entrada estaba repleto de amarillentas hojas cubiertas de barro,
que parecían advertirles del oscuro secreto que se escondía tras la puerta.
¿Hola?-saludó Sergio una vez en el interior.
-Parece que aquí no vive nadie-opinó Gásquez, entrando tras su hermano.
Sergio comenzó a investigar todo lo que era capaz de vislumbrar a su
alrededor, pues la penumbra cubría casi toda la estancia.
Todo parecía crujir a su paso.Aquella casa era muy vieja.Demasiado.
-¡Ahhhhhhhhhhhh!-gritó Gásquez.
Sergio se sobresaltó, uniéndose al grito.
¿Qué pasa?-preguntó, con el corazón encogido.
-¡Hay conexión!-exclamó su hermano, jubiloso.
Sergio puso los ojos en blanco.
-Brrrrr...Eres....-intentó encontrar la palabra adecuada.
-Mira-le indicó Gásquez, señalándole la pantalla del ordenador.
-Señal : La Marmota Chocolatera...-leyó Sergio.
-¡Dios! Adoro a esa marmota, sea quien sea.-rió, feliz.
Pero desgraciadamente, la felicidad apenas duró un suspiro.
-Pshhh. Escucha.-Sergio le hizo un gesto a su hermano para
que se callara.
Del piso de arriba llegaban injurias, amenazas y lamentos.Y aquella voz
les era extrañamente familiar.
Para cuando fueron conscientes del peligro que corrían, el nigromante
ya se había dado cuenta de que no era el único intruso en aquella casa.

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