
Él nunca supo como había llegado hasta esa pequeña cajita,
pero tampoco le importaba demasiado.
Lo único que sabía era en que consistía su misión, al igual
que el resto de todos sus compañeros.
La vida allí dentro era monótona y siempre reinaba el silencio,
aquel silencio mortal que hacía insoportables sus días.
Su único consuelo consistía en pensar que, con un poco de suerte,
algún día lo sacarían de ese sepulcro en el que esperaba, impaciente.
Ese día al fin llegó, cuando lo cogieron de la cabezita y lo desenrrollaron
cual largo era, dejando atrás la polvorienta caja.
Sus enormes ojos se abrieron de par en par, observando cada detalle
de aquel extraño mundo en el que se hallaba ahora. Un haz de luz entraba
por un pequeño resquicio en la ventana, iluminando vagamente la estancia.
No pudo vislumbrar mucho más, ya que llegó el esperado momento, y se
concentró en su tarea.
Sin embargo, la vida se torna a veces difícil, repleta de situaciones inesperadas.
Esto le ocurrió a él, que jamás fue capaz de culminar con su destino, puesto que
su cuerpecito no fue capaz de aguantar tanta presión, rasgándose de improvisto,
al igual que su frágil corazón.
Si hubiera podido llorar, lo habría hecho, sin duda alguna. Únicamente, le dedicó
una carita triste y de disculpa a quien lo había sacado de la cajita, agradeciéndole
aquel detalle con una amarga sonrisa.Y cerrando los párpados, se preparó para
otro nuevo destino, que nada tenía que ver con su anterior vida.
Y suspiró largo y tendido, mientras escuchaba a lo lejos esas palabras de amor
que ya nadie le dedicaría nunca.

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